Luz de Cristo, ilumina nuestra noche”

 

 

 Adventus, venida, llegada, presencia comenzada…

 

¿Qué es? El tiempo que da comienzo al Año Litúrgico y empieza el domingo más cercano a la fiesta de San Andrés Apóstol (30 de Noviembre) hasta las vísperas de navidad, abarca cuatro Domingos. El primero puede adelantarse hasta el 27 de Noviembre, y entonces el Adviento tiene veintiocho días, o retrasarse hasta el 3 de Diciembre, teniendo solo veintiún días, como es el caso de este año.

 

Color: La Liturgia en este tiempo es el morado.

 

Sentido: El sentido del Adviento es avivar en los creyentes la espera del Señor, prepararnos para su segunda venida gloriosa, llenarnos de confianza en el cumplimiento de su Palabra, de sus promesas y celebrar su nacimiento en navidad.

 

Partes: Se puede hablar de dos partes del Adviento:

 

a) desde el primer domingo al día 16 de diciembre, con marcado carácter escatológico, mirando a la venida del Señor al final de los tiempos;

 

b) desde el 17 de diciembre al 24 de diciembre, se orienta a preparar más explícitamente la venida de Jesucristo.

 

Personajes: Tres son los personajes principales en este tiempo: Isaías (figura de la espera), Juan Bautista (figura de la preparación) y María de Nazaret (figura de la esperanza) son los modelos de creyentes que la Iglesia nos ofrece para preparar la venida del Señor Jesús.

 

1.- La doble venida de Cristo

 

La teología litúrgica del Adviento se mueve en la espera de la Parusía, revivida con los textos mesiánicos escatológicos del AT y la perspectiva de Navidad que renueva la memoria de alguna de estas promesas ya cumplidas aunque si bien no definitivamente.

 

La espera es vivida en la Iglesia con la misma oración que resonaba en la asamblea cristiana primitiva: el Marana-tha (Ven Señor) o el Maran-athá (el Señor viene) de los textos de Pablo (1 Cor 16,22) y del Apocalipsis (Ap 22,20). Resonando en las diferentes plegarias de la Iglesia.

 

El Adviento es una intensa y concreta celebración de la larga espera en la historia de la salvación. Es vivir la historia pasada orientada hacia el Cristo escondido en el AT que sugiere la lectura de nuestra historia como una presencia y una espera de Cristo que viene.

 

En el hoy de la Iglesia, Adviento es un redescubrir la centralidad de Cristo en la historia de la salvación. Se recuerdan sus títulos mesiánicos: Mesías, Libertador, Salvador, Esperado de las naciones, Anunciado por los profetas. Cristo, revelado por el Padre, se convierte en el personaje central, la clave del arco de una historia, de la historia de la salvación.

 

2. María, la Virgen de la esperanza

 

Adviento, es en el año litúrgico, el tiempo mariano por excelencia. Así lo ha expresado con toda autoridad Pablo VI en la Marialis Cultus, nn. 3-4.

 

Hoy el Adviento ha recuperado de lleno Mariano con una serie de elementos marianos de la liturgia, que podemos sintetizar de la siguiente manera:

 

  • Desde los primeros días del Adviento hay elementos que recuerdan la espera y la acogida del misterio de Cristo por parte de la Virgen de Nazaret.

  • La solemnidad de la Inmaculada Concepción se celebra como "preparación radical a la venida del Salvador y feliz principio de la Iglesia sin mancha ni arruga ("Marialis Cultus 3).

  • En las fiestas del 17 al 24 el protagonismo litúrgico de la Virgen es muy característico en las lecturas bíblicas, en el tercer prefacio de Adviento que recuerda la espera de la Madre, en algunas oraciones, todos uniendo el misterio de Navidad en un semejanza entre María y la Iglesia en la obra del Espíritu Santo.

  • Algunos de los títulos de María en Adviento:

    1. Es la "llena de gracia", la "bendita entre las mujeres", la "Virgen", la "Esposa de Jesús", la "sierva del Señor".

    2. Es la mujer nueva, la nueva Eva que restablece y recapitula en el designio de Dios por la obediencia de la fe el misterio de la salvación.

    3. Es la Hija de Sion, la que representa el Antiguo y el Nuevo Israel.

    4. Es la Virgen del Fiat, la Virgen fecunda. Es la Virgen de la escucha y de la acogida.

 

3. Adviento, tiempo de la Iglesia misionera y peregrina

 

La liturgia del adviento sitúa a la Iglesia en un tiempo de espera, de esperanza, de oración por la salvación universal.

 

El Adviento es un tiempo real para la Iglesia, que se expresa en situaciones concretas, como las siguientes:

 

  1. La Iglesia ora por una venida de Cristo para todos los pueblos de la tierra que todavía no han conocido al Mesías o no lo reconocen aún como único Salvador y Señor.

 

 

 

  1. La Iglesia recupera en el Adviento su misión de anuncio del Mesías a todas las gentes y la conciencia de ser "reserva de esperanza" para toda la humanidad, con la afirmación de que la salvación definitiva del mundo debe venir de Cristo con su definitiva presencia escatológica.

 

 

 

  1. En un mundo marcado por guerras y contrastes, las experiencias del pueblo de Israel y las esperas mesiánicas, las imágenes utópicas de la paz y de la concordia, se convierten reales en la historia de la Iglesia de hoy que posee la actual "profecía" del Mesías Libertador.

 

 

 

  1. En la renovada conciencia de que Dios no desdice sus promesas, la Iglesia a través del Adviento renueva su misión escatológica para el mundo, ejercita su esperanza, proyecta a todos los hombres hacia un futuro mesiánico del cual la Navidad es primicia y confirmación preciosa.

 

 

 

  1. A la luz del misterio de María, la Virgen del Adviento, la Iglesia vive en este tiempo litúrgico la experiencia de ser ahora "como una María histórica" que posee y da a los hombres la presencia y la gracia del Salvador.

 

 

 

  1. La espiritualidad del Adviento resulta así una espiritualidad comprometida, un esfuerzo hecho por la comunidad para recuperar la conciencia de ser Iglesia para el mundo, reserva de esperanza y de gozo. Más aún, de ser Iglesia para Cristo, Esposa vigilante en la oración y exultante en la alabanza del Señor que viene.

 

 

 

La Corona;

 

Origen: tiene su origen en una tradición pagana europea que consistía en prender velas durante el invierno para representar al fuego del dios sol, para que regresara con su luz y calor durante el invierno. Los primeros misioneros aprovecharon esta tradición para evangelizar a las personas. Partían de sus costumbres para enseñarles la fe católica. La corona está formada por una gran variedad de símbolos:

 

La forma circular: El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.

 

Las ramas verdes: Verde es el color de esperanza y vida, y Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.

 

Las cuatro velas: La luz de las velas simboliza la luz de Cristo que desde pequeños buscamos y que nos permite ver, tanto el mundo como nuestro interior. Cuatro domingos antes de la Navidad se prende la primera vela. Cada domingo, en los encuentros grupales (familia/comunidad) se enciende una vela más. El hecho de irlas prendiendo poco a poco nos recuerda como conforme se acerca la luz las tinieblas se van disipando, de la misma forma que conforme se acerca la llegada de Jesucristo que es luz para nuestra vida se debe ir desvaneciendo el reinado del pecado sobre la tierra. La luz de la vela blanca o del cirio que se enciende durante la Noche Buena nos recuerda que Cristo es la Luz del mundo. El brillo de la luz de esa vela blanca en Navidad nos recuerda como en la plenitud de los tiempos se cumple el “ADVIENTO DEL SEÑOR”

 

El pesebre o nacimiento;

 

Es la representación del nacimiento de Jesús, su origen se la debemos a San Francisco de Asís, en 1233, quien con delicada ternura, quiso regalar a los habitantes de la ciudad de Greccio, Italia la memoria viva del nacimiento de Jesús, e invitó a todas las personas a asistir al pesebre viviente. Este gesto tocó hondamente el corazón de las personas y poco a poco se extendió a todas partes. Es una forma de meditación en la humanidad del Hijo de Dios, que despierta ternura, cariño y compasión, al descubrir en la noche de Belén a Jesús en los tiernos brazos de Madre, acompañado por su padre, una mula y el buey. Iluminados por el esplendor de la estrella de David.

 

1.- Actitud de espera con esperanza. El mundo necesita de Dios. La humanidad se siente desencantada y desamparada. En nuestros corazones aguardan deseo y necesidad de bienestar, unidad, paz, desarrollo, tolerancia, respeto, libertad, que no encuentran toda su realización en la realidad. Vivimos atareados, desconfiados, temerosos, oprimidos, decepcionados, tristes, permitiendo que la desesperanza llegue a nuestros corazones y nuestras conciencias. Jesús quiere llenar ese vacío con su cercanía, con su Señorío (Filp 2,11) en nuestras vidas, “El Señor está cerca, para salvar a los que tienen el corazón hecho pedazos y han perdido la esperanza” (Sal 34,18) cuando él viene hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5). Debemos aferrarnos a nuestros sueños, nuestra esperanza es abono para la Buena Nueva. Adviento nos enseña a estar vigilantes, despiertos, atentos, a tener el corazón preparado, acercándonos al corazón del otro porque vive nuestra misma realidad. En este tiempo, comprendamos a los demás, seamos tolerantes y fraternos, ¡viene el Señor!

 

2. El retorno a Dios.

 

La experiencia de frustración, de contingencia, de ambigüedad, de cautividad, de pérdida de la libertad exterior e interior de los hombres y mujeres de hoy, suscita consciente o inconscientemente la sed de Dios (Sal 42, 2), y la necesidad de «subir a Jerusalén» como lugar de la morada de Dios, según los salmos de este tiempo. La infidelidad a Dios destruye a la persona, su dignidad y su valor, destruye al pueblo, su fraternidad y su historia. Cuando somos fieles a Dios recuperamos nuestra verdadera identidad e historia. El adviento nos ayuda en este camino que comienza por conocer mejor a Dios y su amor a la humanidad. Nos da conocimiento personal de Cristo, que se encarnó abandonando su propia naturaleza (Filp 2,7) para acercarse a nuestra historia.

 

3. La conversión. Es transformación, dejar de ser de una manera para ser de otra, significa dejar nuestra antigua manera de vivir llena de pecado personal y social y entregar todas las áreas de nuestra vida a Cristo para que él las gobierne y nos perdone “que el malvado deje su camino, que el perverso deje sus ideas; vuélvanse al Señor, y el tendrá compasión de ustedes; vuélvanse a nuestro Dios, que es generoso para perdonar” (Is 55,7). Es darle la espalda a la oscuridad para quedar de frente a la luz que es Cristo. En Adviento nos encontramos con el reino de Dios que está cerca, dentro de nosotros (Lc 17,21).

 

La voz del Bautista es el clamor del adviento: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios... » (Is 40,3-5; Lc 3, 4b)). El adviento nos enseña a hacernos presentes en la historia de la salvación de los ambientes, a entender el amor como salida de nosotros mismos y la solidaridad plena con los que sufren.

 

 

4. Gozo y alegría. Nuestro gozo viene del Señor. La venida del Mesías es el anuncio del gran gozo para el pueblo, de una alegría que conmueve hasta los mismos cielos cuando el pecador se arrepiente (Lc 15,7). El adviento nos enseña a conocer que Cristo, y su pascua, es la fiesta segura y definitiva de la nueva humanidad. Hay gozo en nosotros cuando estamos reconciliados, Jesús cambia nuestro lamento en danza y nos viste de alegría (Sal 30,11). Dejémoslo entrar en nuestros corazones, en nuestros espacios familiares, en las relaciones con los amigos, en el trabajo, los estudios, llevémoslo a todas partes, la persona y las estructuras sociales necesitan ser tocadas por el gozo que viene del amor de Dios. El quiere que vivamos así, confiados, seguros, alegres en él “¿Por qué voy a desanimarme, por qué voy a estar preocupado mi esperanza he puesto en Dios, a quien todavía seguiré alabando. Él es mi Dios y Salvador! (Sal 42,5)